Primera travesía a bordo de La Nao

Por Lorena Ruiz:

travesia_malaga_garrucha.

El run, run de unas, más que posibles, nausea por el vaivén de esta embarcación; cuyas dimensiones sorprende a los visitantes y convierte en una de sus preguntas habituales: “¿Pero es a escala real?”; ronda por tu cabeza desde que decides formar parte de su tripulación.

Los relatos del resto de navegantes, esos que llegaron a convivir entre sus maderas de roble antes que tú, a veces ayuda y otras lo hace pero a aumentar la incertidumbre.

Historias sobre una mar con carácter -como lo son la mayoría de las mujeres- en la que el granito de arena en una montaña que supone La Nao Victoria entre sus aguas se deja llevar hacia un nuevo destino con las dificultades propias de quien –quitando las indispensables innovaciones técnicas- lo hace emulando a quienes en 1519 partieron a Las Islas Molucas (Indonesia) en busca de especias.

Pero esta vez la mar estaba en calma y nos regaló algo menos de las calculadas 28 horas de camino. Olas que imitaban las arrugas de un vestido de satén bailaban con el casco y la brisa marina despeinaba sutilmente. Sensación tan agradable que difícilmente podría contrariar hasta al más (o la más) exigente en cuanto a su “impolutez” capilar se refiere.

Viajar a bordo de este “barco pirata”, como lo llaman la mayoría de los niños que lo visitan, es una sensación indescriptible y digna sólo de ser experimentada.
Para mí, una mezcla de privilegio; de libertad; de recuperación de una memoria histórica, mucho más en el olvido que las tan actualmente rememoradas; y de añoranza, como se añora todo lo que se aleja tras tu espalda.

Lo más gratificante, suelen ser los logros que se consiguen tras un gran esfuerzo. Ballestear para colocar la zodiac en cubierta, hacer guardias de cuatro horas -al medio día bajo un sol incesante, de madrugada con frío y humedad que cala hasta los huesos- mientras el pinzote se te resiste y te obliga a percibir las órdenes que, más allá del capitán de La Nao, marcan la mar y el viento.

Esfuerzos que tienen su recompensa en forma de experiencias inolvidables. De sensaciones que, al vivirlas por vez primera, te hacen volver a ese estado de inocencia infantil que, cuando caminabas confiado por tu jungla urbana, se te hacían imposibles.

Ver, por vez primera, una salida de sol; la luna más radiante que jamás imaginaras; la tridimensionalidad de la ubicación de las estrellas y delfines.
Montones de delfines que cruzan bajo la embarcación, emocionando con su elegante presencia y provocando, con su irrupción en tu campo visual, un despertar más inmediato y efectivo que el más intenso de los cafés mañaneros.

Y si quieres emociones fuertes, de esas también las hay y muchas. Bajar a pintar “la aleta de babor”, amarrado a un arnés, durante la travesía. Las olas pasan cerca de tus pies y la brisa, sorprendentemente, te permite refrescarte mejor que en cualquier otra parte del barco. El miedo a caer se va convirtiendo en familiaridad con el cabo que te sujeta o puede que, como en mi caso, esa sea una asignatura pendiente para la próxima sesión de “rapel-paint”.
Al volver a cubierta, el orgullo personal de quien se enfrenta a sus miedos.

Lorena_travesia_malaga_garrucha

Relatos de a quien un run, run incesante le acompaña y acompañará, como el agua salada, durante toda su estancia en este buque escuela. La pregunta: “¿Quién me hubiera dicho a mí hace un mes…?”.

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