Una guardia

Trabajos de mantenimiento en la Nao Victoria

Trabajos de mantenimiento en la Nao Victoria

Por Ángel Espínola.

“Chavales, es la hora”. Nos despierta Mario. Son las 7:30 de la mañana. Por delante, 24 horas de trabajo, algo de  clausura, e ilusión. El desayuno espera en la mesa: hay que dosificar las fuerzas para la dura jornada. Café sólo. El equipo anterior nos da el relevo y comienza nuestra guardia.

Veinticuatro horas sin poder abandonar la Nao Victoria, salvo por fuerzas mayores. Como un vigía que ha de cuidar de su tesoro, amparándolo hasta sus últimas consecuencias. Ella lo agradece con un suave balanceo de casco, meciéndose como una cuna de popa a proa. Mientras llega la hora de abrir al público, las tareas no cesan: Que si pintar, que si construir un armario, fregar a fondo la cocina o escribir a los medios de comunicación.

Cambio de chip las diez de la mañana; el barco-hogar se transforma  en un barco-museo. El equipo de guardia, que formamos tres personas cada día, mimamos el decorado para que los visitantes abran la boca con gesto de admiración y exclamen,  “¡guau, esto ha dado la vuelta al mundo!”. Hay que poner el vídeo, despejar la cubierta de armatostes, atar los cabos para las zonas prohibidas y poner la escala de acceso a la embarcación.

Una vez preparada la exposición, sonrisa y formalidad: La Nao Victoria abre sus puertas al mundo, porque tiene una historia que contar. Lo saben sus cuadernas, y algún que otro rincón esconde secretos que sólo sus tripulantes conocen. Por delante, horas y horas de venta de tickets que tienen su recompensa final con la cena del cocinero de turno; haya lo que haya, siempre está  exquisito  o, al menos, así lo parece.

La guardia del día es como la encargada de la familia: cocina, friega, recoge la mesa, baldea al anochecer, coloca las luces que dan brillo a la Nao, achica agua, recoge la escala, llena el depósito de agua del navío y se turna por la noche para vigilar que nadie aborde un patrimonio de incalculable valor. Hastío. Agotamiento.

Noche de reposo breve, sale el sol, y de nuevo en planta para limpiar la zona de exposición, dar el primer baldeo de la jornada a la cubierta, recoger las luminarias, cambiar la batería de los generadores y preparar el desayuno de la siguiente  guardia, a la que dedicamos las pocas energías que aún reserva el cuerpo.

Una guardia en la Nao, independientemente de tu profesión, es una prueba de fuego: si resistes a la primera, podrás considerarte un auténtico tripulante de la réplica exacta a la que zarpó de Sevilla en 1519. El esfuerzo, al menos, se paga con dos días libres de labores; suficientes para volver a valorar el privilegio que supone ser centinela de la Nao Victoria por  un día.

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Un pensamiento en “Una guardia

  1. Anónimo dice:

    AL LEERLO IMAGINAS QUE ESTAS HACIENDO UNA GUARDIA EN LA EMBARCACIÓN, POR LA PERFECTA DESCRIPCIÓN REALIZADA.

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