Una casa en el mar

Por: Lorena Ruiz.

Despertar en un puerto, con el sol y una bella ciudad de fondo; comprender que no volverás a tener las uñas limpias hasta que vuelvas a casa, la sensación de privilegio al levantar el cartel de “prohibido el paso” del acceso al barco, bajo la atenta mirada de los turistas; la constante humedad en la ropa o sentir que conoces desde siempre a personas a las que te presentaron hace menos de una semana son sólo algunos ejemplos de la cara y la cruz de la moneda con la que se paga vivir a bordo de La Nao Victoria.

Moneda que, hasta ahora y siempre personalmente, volvería a pagar una y mil veces.

Desde mi perspectiva, como si de un proceso de adaptación se tratase (que se trata), vivir esta experiencia te obliga a pasar por varias fases:

1) Miedo:
Miedo a lo desconocido, a qué y quién me encontraré por el camino, al qué tendré que hacer allí, cómo dormiré, cómo comeré y así un largo etcétera de incertidumbres, casi siempre relacionadas con la “zona de confort” en la que vivimos. Esa que nos atrapa y, en ocasiones, nos impide seguir adelante, convenciéndonos con su protectora monotonía.

2) Primera toma de contacto:
Una de las primeras frases que comparto con los veteranos es que aquí no hay términos medios, La Nao te horroriza o te enamora. La mayoría de las veces ocurre lo segundo. Porque a esa cruz, a esa cara b de la que hablaba en el inicio, a los golpes con las vigas y resaltos, a los tropiezos con los cabos, a las “mullidas camas”, su original forma de jalar de la cisterna o su ausencia de intimidad hay que contraponerle mucho bueno.

No voy a engañar a nadie, hay que saber donde se viene y hay que hacerlo con una actitud adecuada. Para ganar siempre hay que apostar algo y las comodidades son las primeras pérdidas del negocio. Un estuche de maquillaje intacto en mi maleta lo demuestra.

3) Cambio de chip:
Sin saber cómo, la cara no es lo único que llevarás recién lavado. Con el maquillaje, con ese escaparate con el que paseas frente al mundo, también se han ido un montón de convencionalismos sociales. Pasear por una de las calles más céntricas y comerciales de Málaga (donde todos caminan acorde con los dictámenes que también te rigieron ayer, a los que te regirán mañana) con la ropa llena de manchas y despeinada, se convierte en algo habitual y el recuerdo una “tu misma” incapaz de cometer tal “temeridad” se desdibuja en el recuerdo de quien apenas lleva unos días entre las “cuadernas” de esta réplica exacta del primer barco que dio la vuelta al mundo.

4) “Happy hour”:
Depurada la tontería y, al igual que te dejas acariciar por el sol –que va tornando tu tez en morena, eso sí, con marcas de camiseta-, también hacerlo por esa sensación, cual susurro al oído, de que esta vez sí has conseguido entrar en contacto con el mundo. El mundo real. Ese en el que vivieron sus tripulantes originarios y el que sigue existiendo escondido tras televisiones, publicidades y consumismos. Fachadas construidas a base de maquillajes, perfumes y estupidez humana (la mía la primera), que relucen tanto como las estrellas en una de sus travesías nocturnas, cuando al poder disponer de poco descubres el significado de lo verdaderamente importante.

Lecciones de un barco museo, La Nao Victoria, que, si sabes escucharla, te enseña mucho más que su increíble historia.

Una casa en el mar

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